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sábado, 4 de julio de 2015

Obelisco

Con pocas expectativas esperaba Verónica a Lin Gam.
Se había convencido de que este viaje también había sido en vano, nada de lo visto hasta ese momento anunciaba que algo sería diferente esta vez .

Afuera, a lo lejos, se veían las montañas blancas. “Si mira noroeste, Samargatha, la frente del cielo” le había informado en lamentable inglés el Sherpa apenas llegaron a Thyangboche dos días atrás, allí deberían esperar a que Lin Gam bajara desde su refugio en las altas cumbres para recibirla.
Supuso que esa ventana daba efectivamente al noroeste y que esa daga luminosa que se clavaba en el cielo era Samagata, Sarna-de-gata o como fuera que le dijeran allí: La frente del cielo, La madre del universo, El obelisco más grande del planeta...
Sería inquietante la coincidencia, si ese Lin Gam tenía lo que prometía...
Aún faltaban veinte minutos para verlo...Un suspiro en comparación a los cuatro años que le habían costado llegar a él. Claro que no había sido el único. Sería, sin duda, el último.
No más” se repitió mientras se reconfortaba con el recuerdo de los otros. Buenos recuerdos aunque ninguno lo lograra.
Este sería un buen final aunque, estaba segura, tampoco lo lograría.
Pero ninguno se había hecho desear tanto. Y esa abominable cantidad de erotismo no podía ser mala...

Lo hace solo dos veces por año” le dijeron cuando le hablaron de él por primera vez “Su lista de espera es muy, pero muy exclusiva. Es muy difícil de encontrar” le habían advertido y ella se había reído.
Ahora le divertía el recuerdo.“No era difícil llegar a él, sólo hay que venirse hasta el puto Himalaya para encontrarlo”
Y ella lo había hecho: Había pagado lo que había que pagar. Había esperado lo que había que esperar. Había caminado entre los picos más altos del mundo. Y había llegado a aquel monasterio remoto en aquel valle impenetrable, el lugar sagrado dónde moraba el prodigioso Lin Gam. “El hijo de Chomolungma” le llamaban o “La pequeña montaña” y también “La sorpresa”

¿Acaso habría pasado ya un minuto?¿Dos?¿Cinco? Se preguntó mirando nuevamente aquellas montañas que, si escucharan tal pregunta, se reirían de una preocupación tan mortal.
Ella era impaciente, pero también era inteligente y la segunda cosa neutralizaba un poco (sólo un poco) la primera...Se tranquilizó, veinte minutos (dieciocho ahora, con suerte diecisiete) eran nada. Un suspiro.
¿Y cuatro años no habían sido un suspiro también? Cuatro años esperando este momento.
Diez años también lo habían sido.
Y Cuarenta y dos años, su vida...
Y ahora todo parecía desmoronarse. Desde la primera vez que había visto esas montañas, cierta sensación de incomodidad la había atacado y había crecido durante el escabroso camino hacia allí. Un hartazgo de todo. De todo aquello que dejaba atrás.
Ciertamente muy complicado, muy difícil de explicar.
Cansada de sí misma. De todo lo que había intentado demostrarse en aquella cruzada grotesca comenzada diez años atrás. ¿De dónde había salido?¿Cómo se había originado?
No lo recordó de inmediato. Pensó unos instantes y un detalle apareció en su mente: Algo alrededor de aquella fiesta de Catalina...
Sí, aquella pantagruélica fiesta con la que festejó su divorcio. Dónde todas lucían tan felices y despreocupadas.
Después del alcohol, de los boys y de las pastillas sólo habían quedado máscaras huecas. Dos meses después, Catalina se enpastillaba hasta la muerte. ¿Acaso no lo tenía todo? El dinero que le había sacado al marido, el piso, la casa de la playa. Era todavía una mujer hermosa. ¿Qué podía haberle faltado?¿Amor? ¿Hijos? Sólo treinta y seis años y ya no estaba. Había desaparecido como...
Como un suspiro en el aire.
¿Otra vez el suspiro? La intranquilizó el tema recurrente. La volatilidad. Lo efímero. Aquello era lo que asustaba. En aquel entonces se prometió que nada de eso le sucedería. Catalina siempre había sido débil; Ella, en cambio, era dura como las rocas de estas montañas. Y tampoco le faltaba nada. Éxito, dinero, lo que comunmente se llama “una buena posición” Y los hombres...Podía (tanto antes como ahora) tener al hombre que quisiera.
¿Y amor, hijos? Eso no era para ella...
¿Y entonces? ¿De dónde venía todo? Lúcida como era, no tardó mucho en descubrirlo. Todo venía del miedo a la muerte...

De repente se encontró deseando que Lin Gam todavía no apareciera. Necesitaba finalizar el breve repaso de sus últimos diez años. “Que cosa más escurridiza es el tiempo” pensó mientras su memoria retrocedía “Todos esos hombres, todas esas...cosas...Por un suspiro...”
¿Cuál había sido el mejor? Alphonse sin lugar a dudas fue el que más grande. Pero no el mejor. Demasiado brutal. Eso era demasiado para un ser humano... ¿Franco? Muy desaliñado ¿Gabriel? Muy afectado ¿David? Posiblemente gay ¿Stephen? Un verdadero cerdo (sólo por eso lo recordaba)Y tantos otros con nombres olvidados...
Nada del otro mundo, apenas unos tipos que la tenían grande. Se avergonzó y agradeció que nadie pudiera saber lo que pensaba “He pasado diez años de mi vida en busca de una polla”
Intentó buscar culpables y odió a Catalina por morirse. Pero se odiaba más a ella misma. No había nada dentro suyo, estaba hueca. Algo comenzó a acomodarse en su mente. “Diez años de mi vida buscando una polla, para llenar el vacío que llevo dentro”
Tal vez esa era la clave. Todos estamos vacíos por dentro, y cada uno llena su pequeño vacío con lo que quiere, o lo que puede.
Yo lleno mi huequito con penes gigantescos, otras se atiborran de comida o de hijos...O de su propio ego...Y los que no encuentran nada para meterse dentro se preocupan de lo de afuera y almacenan capa tras capa de maquillaje

En ningún momento había dejado de observar las montañas. Ahora entendía su poder. Cuando le dijeron que el miembro más grande de la tierra, habitaba a la sombra del monte Everest, descartó de inmediato la idea. Por ningún motivo haría semejante viaje a aquel lugar inhóspito.
El tiempo, y el vacío que crecía a su propia sombra, finalmente la trajeron. Y no había sido en vano después de todo. Sólo que ya no deseaba aquella gigantesca cosa dentro suyo...
Así, ocupada como estaba con sus pensamientos, no había notado la presencia del guía.
Los veinte minutos; Los cuatro, los diez, los cuarenta y dos años habían pasado...
Lin Gam la esperaba.

***

Lo que sucedió a continuación es muy difícil de describir.
El Sherpa condujo a Verónica a través de un laberinto. Estrechos pasillos y pequeños portales se sucedían uno detrás de otro y a medida que avanzaban, a Verónica le parecía que los portales se hacían cada vez más bajos. Pero no le importaba mucho ya, sólo se dejaba guiar. No se acostaría con Lin Gam, ya no era la misma. Pagaría lo que todavía debía y se marcharía: Una mujer nueva, diferente.
Finalmente llegaron a una puerta de no más de un metro de altura. El guía le indicó que debía entrar.
Sola.
Ningún hombre debía ver a Lin Gam...
Dentro de la habitación el calor se hizo insoportable, por lo que tuvo que quitarse una buena porción de los abrigos que cargaba. Era una sala amplia, con paredes cubiertas por pieles de un color marrón oscuro. El suelo se hundía ligeramente al pisarlo. No había una sola ventana pero, de alguna manera, una luz tenue iluminaba todo.
A pesar de lo exótico, de lo desconocido, se sintió a gusto allí, era un excelente lugar para hacer el amor pensó, aunque aquello no sucedería ya. Su libido estaba por los suelos. Pero la ansiedad había desaparecido y en su lugar una nueva paz, una paz largo tiempo olvidada, la inundaba.

Cuando sus ojos terminaron de habituarse a la nueva estancia lo descubrió, sentado inmóvil en uno de los ángulos de la habitación. “Verónica” dijo con dificultad. Su voz era como ella se la imaginaba. Tenue como las luces de la habitación. Suave como sus paredes. Dijo otras cosas después en su idioma que ella no comprendió y comenzó a acercarse lentamente.
En un principio pensó que se arrastraba hacia ella, pues aún no se había levantado, pero al acercarse lo vió con detalle y entonces sintió que se completaba el absurdo de toda esa historia. Ahora entendía por qué le decían “El hijo de Chomolungma” o “La pequeña montaña”. Sobre todo entendía por qué le decían “La sorpresa”, ya que no había otra forma de describirlo: Lin Gam medía entre setenta y setenta y cinco centímetros.

Un inmenso malentendido” Gritó hacia su interior vacío y el retumbar del eco la hizo estremecer. Lin Gam se había acercado hasta detenerse frente a ella, aunque sería mejor decir bajo ella. En todo ese lapso no había dejado de decir cosas que ella no comprendía, pero no solo debido a su total desconocimiento de aquel dialecto, sino a que su mente se deslizaba a la velocidad de la luz buscando explicaciones para todo aquello: Gregory no lo hubiera hecho a propósito. Sería toda una confusión. Los orientales siempre tomaban todo en un sentido tan espiritual...
Tenía que ser eso, este pequeñajo no podía tener lo que ella había estado buscando, a menos que escondiera una monstruosa verga enroscada completamente alrededor de su pequeño cuerpecito. Y ni siquiera esa opción tenía sentido ya...
Sin embargo, se repitió, no había sido todo en vano. Gregory también tendría su última paga. Ya nunca más necesitaría sus servicios de chulo. En todo caso le había conseguido algo mucho mejor. Paz.

Lin Gam había callado ahora. Ella lo notó porque no escuchar su voz la intranquilizaba. Vió que la estaba mirando, quizás estudiándola o quizás esperando una respuesta.
Verónica” dijo “Soy Verónica” repitió “estuve cuatro años esperando esto y todo fue un malentendido pero no me importa...Seguro que no entiendes nada de lo que digo, hombrecito, pero gracias”
Al escucharla Lin Gam sonrió. A ella le pareció que estaba esperando que dijera justamente aquellas palabras. Unos segundos después él continuó hablando.
Y esta vez ella sí que comenzó a entenderlo.
Sin dejar de hablar ni un segundo, su anfitrión encendió unos sahumerios, luego sacó de algún lado un pequeña cazo con té.
Hablaba de la montaña, de Samargatha, dirigiendo sus brazos hacia dónde, en teoría, debería estar Samargatha, la frente del cielo o Monte Everest como lo llamamos en Occidente.
Luego habló de sí mismo, Lin Gam. Contó de dónde venía, su historia, sus sufrimientos, el descubrimiento del poder que ejercía sobre las mujeres gracias a su poderosa virilidad. El la respetaría, sabía que para una occidental era difícil entender eso que él hacía, pero cada mujer que yacía a su lado se iba completamente complacida.

Dijimos que era difícil describir estos sucesos. Creo que es aún más difícil entenderlos. Sobre todo para un occidental, sobre todo si nunca se ha estado en Himalaya.

El lugar era acogedor. La compañía era grata. El té era excelente. Ella nunca se había sentido así y por primera vez sintió que no tenía que fingir. Que podía hablar con libertad. Entonces le contó a Lin Gam acerca de sus miedos, de aquella búsqueda tan estúpida de la se había arrepentido hasta hacía pocos minutos. Le contó de Catalina. De los otros. De que había pagado para llenar su vacio con sexo, con pedazos de carne y sangre. Y de cómo no había logrado llenarlo sino hacerlo más grande.
Lin Gam la dejó hablar, contemplándola en silencio y cuando ella terminó de sacar todas las palabras de su boca, la condujo hacía dónde la había esperado, en uno de los ángulos de la habitación. Allí había una gran cantidad de pieles amontonadas formando un pequeño lecho. Ella lo dejo hacer. No se sentía particularmente excitada, pero todo era tan agradable, tan perfecto...

Comprobó que el chino era un amante gentil y generoso. Cada caricia estaba precedida de un pequeño ritual y, a su vez, cada caricia era un ritual que precedía a un nuevo contacto, caricia,susurro, roce de un labio, revés de un dedo o palma de una mano.
Con estas artes fue desvistiéndola lentamente. Ella ya no presentaba ninguna voluntad. Sin embargo en su mente todavía no estaba preparada. Podía sentir a su cuerpo gritando. Su corazón palpitaba, su estómago se contraía, la piel de sus muslos se tensaba. El lo supo y tuvo que intensificar su trabajo sabiendo que pronto estaría lista.
Verónica, antes de caer en éxtasis, lo vió quitándose sus túnicas. Desnudo parecía todavía menos humano. Su figura era larga y fibrosa, cuando inspiraba profundo parecía que todo su cuerpo se inflamaba.
No lo vería ya de cuerpo entero. Y ni sus ojos ni el resto de sus sentidos podrían ayudarla. Lo que sentía, se iniciaba tras su cuello, luego se expandía a todos los rincones de su cuerpo. Su mente intentó una última vez tomar el control, explicarse aquello, pero no había respuestas ya del otro lado. Estaba completamente enajenada. Víctima y Verdugo. No habían conceptos, palabras, ideas, visiones ya.
Una de las últimas cosas que acudió a su ya desierta conciencia fue la certeza de que Lin Gam estaba o había estado susurrándole cochinadas al oído. ¿Cómo podía saber que eso la volvía loca? Luego creyó percibir que se despegaba de su oreja, que bajaba por su vientre y se posicionaba frente a sus piernas abiertas. Ahora susurraba pero de otra manera. Parecía estar recitando una pequeña oración o bendición. Ahora ella sentía que no aguantaba más, que lo necesitaba dentro. Lo último que pudo ver antes de que todo explotara fue su calva de buda penetrándola.







Luego hubo sucesiones inexplicables. Una foca chapoteando, un púrpura púrpura, tierra mojada en la boca, la mordida del león en su cuello de gacela, su salto al vacío desde una nube para herir a la tierra con su furia de rayo, un ojo, un talón, una lengua, un acento en la ú.









Lo que sucedió a continuación es imposible de describir.

sábado, 3 de septiembre de 2011

la suerte esta hechada


Y están los que creen que son amos del universo.
Que los hombres deberían venerar su paso.
Que su presencia opaca la misma luz del sol.
La historia está llena de ellos: De los elegidos, de los poderosos, de los destinados a triunfar.
El del triunfador no es sino un rol, el papel de la comedia que les toca representar. Un molde que vienen a llenar porque les ha sido otorgado.

Cesare Luglio podía reclamar con todo derecho su pertenencia al grupo de los elegidos; Soberbio y decidido había llegado a ser quien era con mucho esfuerzo y pocos escrúpulos. Hacia casi diecinueve años que gobernaba el pueblo con artes de zorro y mano de hierro. Los hombres le guardaban el respeto que nace del temor y del odio. Las mujeres, la admiración (tan secreta, tan femenina) que se profesa al poderoso.
Tanto unos como otros deseaban, más que nada en el mundo, verlo muerto.
El pueblo es sabio.

No le había sido fácil a Cesare llegar al poder. Había tenido que agachar la cabeza. Había tenido que ser paciente. Tolerar humillaciones y derrotas. Lamer culos muchas veces y bajarse los pantalones muchas veces más.
Él comprendió pronto que la política no es para hombres íntegros y menos aún para idealistas. La política es una cloaca llena de ratas y quién más se arrastra más progresa. Sólo hay que tener una cosa en claro; La oportunidad, tarde o temprano, llega. Y cuando pasa frente a tus narices tienes que pegarte a ella como una sanguijuela y dejarte la vida en ello.
¿Está de más decir que Cesare no dejó pasar su chance?
Su primer cargo fue concejal de infraestructura y desarrollo. Acertó en dos o tres proyectos y fracasó en cuatro o cinco. Pero supo explotar sus triunfos y minimizar sus errores y la gente se quedó con la imagen de una eficacia que no tenía. De ahí todo fue para arriba. Dos años después era elegido sindaco de aquel pequeño pueblito siciliano.
Una vez en el poder fue entretejiendo, con la paciencia de la araña, los hilos que le permitieran mantenerse en el poder. Usó sus influencias para favorecer los negocios de unos y ganarse su subordinación. Con otros no fue tan magnánimo, simplemente los ahogó para mantenerlos bajo su yugo.
Cuando finalizó su primer mandato tenía al pueblo completo en sus manos. Se jactaba ante su séquito de tener a cada ciudadano del pueblo en su puño (“Yo sé los secretos de todos” proclamaba con desfachatez): Algunos le debían dinero, otros favores, otros simplemente eran chantajeados (dicen las malas lenguas que usó a su propia esposa como moneda de cambio)
Se jactaba también de que todas y cada una de las mujeres del pueblo habían dormido en su lecho. A su soberbia se le había sumado una arrogancia nacida de su dominio absoluto sobre cada aspecto de la vida en aquel pueblo.

Los primeros años de su legislatura estuvieron marcados por la corrupción pero también por el progreso. Se adecentaron decenas de caminos comarcales y rurales, se restauró la fachada de la Iglesia del venerado San Sebastiano, se modernizó la red de aguas servidas, se construyeron cientos de kilómetros de canales de riego, se construyó una terminal de autobuses e incluso se llegó a considerar a Pettineo como posible sede de la feria anual de agricultura de la provincia de Messina. Y todos sabían que detrás de cada proyecto urbanístico estaba la mano recolectora de Cesare que cobraba su diezmo.
Pero el pueblo aguantaba. La inmensa prosperidad de Cesare significaba un pequeña prosperidad propia, la vida nunca había sido tan buena en aquel pequeño rincón de la Sicilia.
Sólo había que agachar la cabeza y recoger las migas del amo.

Pasaron largos veranos y aún más largos inviernos sin que nadie pudiera oponerse al reinado de Cesare Luglio en Pettineo. Nadie al fin y al cabo tenía el valor de enfrentarlo, pues quién quisiera hacerlo (sin importar el resultado) debería sacrificarse en el intento.
Cobardes, al fin y al cabo. Quienes más lo frecuentaban, adulaban, alababan eran quienes más lo aborrecían.
Cesare sabía muy bien esto pues si algún don poseía (además de su sagacidad) era el de conocer a las personas. Por esto era que trataba a todo el mundo como basura.
A todos excepto a uno.

Marco Velenoso se llamaba aquel joven que había caído en gracia al gran Cesare. Se trataba del hijo de una humilde costurera que había enviudado muy joven. Las lenguas envenenadas del pueblo afirmaban que el alcalde era en realidad el padre de Marco.
Y Marco era el hijo que Lucia, su esposa, no había podido darle. Cuatro embarazos y cuatro bellas señoritas, pero ningún hombrecito que perpetuara la dinastía.
Pero de eso no se hablaba en el pueblo: Alguna vez un hombre había muerto por burlarse de aquello.
Gracias al padrinazgo de Cesare, Marco pudo conseguir un préstamo en el banco para establecer una pequeña zapatería.
Los rumores en el pueblo iban y venían: Que el sindaco tarde o temprano aceptaría publicamente su paternidad, que se hablaba de un puesto en el ayuntamiento para Marco, incluso que tarde o temprano presentaría su postulación para la comuna..

Lo que nadie, ni siquiera el propio alcalde, sospechaba era que Marco también odiaba a Cesare. Y lo aborrecia con más fuerza que nadie en el pueblo.
Marco no olvidaba las incontables degradaciones a las que Cesare había sometido a su madre cuando él era apenas un ragazzo. Las humillaciones a las que ella misma se había rebajado con tal de traerle a su pequeño Marco un plato de comida.
Ninguna mujer me va a venir a decir quién es hijo mío y quién no” le diría años más tarde Cesare
pero si viene un hombre como tú a decirme las cosas de frente, yo escucho”
A Marco nunca le importaron los préstamos ni la envidia que los demás le profesaban por ser el predilecto. El solo quería vengar el honor de su madre y si pasaba tanto tiempo con su padre era para conocer cuales eran sus puntos débiles.
Porque en efecto, Cesare era el padre de Marco, pero nada de esto ya importaba.


+++

El asesinato fue un 15 de marzo. Temprano en la mañana de lo que prometía ser uno de esos preciosos días que anticipan la primavera. Como todos los días, Cesare se dirigía a sus oficinas en el comuna cuando observó aquel grupo de personas que formaban un semicírculo cortándole el paso. A lo lejos no pudo identificar rostros pero la silueta del obeso teniente de alcalde era inconfundible así como el alto talle del cornudo del panadero (“ojala todo en su cuerpo fuera proporcional” le contaba a Cesare la panadera mientras lo engañaba)

Cosas como esas no eran extrañas en el pueblo, seguro que tenían quejas por la nueva racionalización de los regadíos o, más probablemente, porque la concesión del nuevo servicio de basura había ido a parar a un contratista de la península - “Idiotas” se dijo Cesare “una banda de maricones”. Pero no había terminado de pensar esto último cuando un escalofrío se clavó en su estómago. Parecía que el sonido se había marchado del mundo, no se escuchaban los ruidos propios de la ciudad a esa hora, ni conversaciones alejándose o acercándose, ni gritos de mujeres, ni un perro, ni un solo perro ladraba...
Los hombres, porque eran algunos de los más importantes hombres del pueblo, tampoco decían nada, sólo lo miraban acercarse (porque él en ningún momento había dejado de caminar, no era él un hombre que se detuviera ante nadie) inmóviles. Fueron tres o cuatro segundos durante los cuales sólo se escucharon sus pasos hasta que se plantó frente a ellos con la cabeza alta y el desprecio en los ojos.
Fueron cuatro o cinco segundos más los que estuvieron frente a frente en ese universo sordo que nadie tenía el valor de romper (como si la estabilidad del tiempo dependía del silencio conciliador)
Fueron las miradas las que marcaron la jugada. Cesare los miraba, uno a uno, desafiante. Los ojos de los hombres, en cambio, destilaban miedo y culpa.
Entonces fue Cesare Luglio:
- Qué está pasando aquí? – preguntó, o mejor dicho dijo, o mejor dicho gritó, o mejor dicho recitó.
Nadie contestó y el creyó que ya tenía su partida ganada, entonces redobló la apuesta pues esa era su única manera de jugar
- Qué está pasando aquí? Veo mucha gente reunida y ningún hombre!! - repitió mientras miraba al teniente de alcalde, al dueño del hotel “San Sebastiano”, al panadero, al capo carabinieri...

Pero ninguno de ellos estaba destinado a contestar. La respuesta vino de atrás y cuando reconocieron la joven voz de Marco Velenoso todos se sintieron reconfortados. Y Cesare supo que el dueño de esa voz era el único que podía hacer algo y la mínima sensación en su oído hizo que sus rodillas temblaran aunque nadie, nadie se daría cuenta de ello.

- Lo que pasa es que se acabó. Se acabó todo – fueron las palabras que anticiparon lo que todos ya sabían. Y mientras hablaba se acercaba para ponerse frente a su padre con el puñal a la vista.

Y al parecer esa fue la señal que el resto esperaba; Pues como tigres, todos mostraron sus dientes de acero . Y Cesare supo que se había acabado, que se había acabado todo y ni siquiera pensó cuando reconoció su vínculo frente a todos aunque ya nada importaba:

- ¿Tu también, hijo mío?
Y los ojos de Marco parecían muertos mientras su voz contestaba con espanto:

- Sobre todo yo, padre, sobre todo yo...

El panadero fue el primero que se abalanzó, llevaba años deseando clavarle los cuernos que Cesare le había hecho crecer. Pero su puñalada llevaba tanto odio que no fue precisa, además Cesare estaba prevenido y pudo cogerle la mano para evitar que le diera de lleno.
Pero fue en vano, las aguas ya estaban desatadas: El obeso teniente y el hotelero siguieron, perfectamente alineados uno por cada costado. Cesare intentó hacerse pequeñito y cerró los brazos que aún intentaban retener al panadero pero ambas cuchilladas encontraron carne;la de la derecha la sintió chocar en las costillas, la de la izquierda cavó profundo.
El dolor lo hizo retorcerse y su sentido de supervivencia, retroceder varios pasos para buscar protegerse la espalda contra un muro. Algo caliente se derramaba por sus muslos ahora. .
Marco no se había movido de su lugar, los demás comenzaban a rodearlo con los ojos pequeñitos como los de los tiburones. El panadero atacó nuevamente y está vez su puñal entró de pleno en el estómago. De allí en adelante ya no sentiría dolor, no escuchó lo que le susurró el panadero pues sus sentidos seguían con los ojos de Marco que ahora había comenzado a acercarse.
Era el único hombre entre todos aquellos espantapájaros, títeres, mierdas...
Vinieron más puñales y ya no pudo precisar si dolían ni por dónde entraban. El tiempo ahora pasaba tan lentamente, el celeste del cielo se apagaba, los hombres, las casas y la tierra perdían su contorno, lo único que permanecía completo era Marco Velenoso que se acercaba desde siempre y nunca llegaba mientras él se derrumbaba desde las cimas del dolor ardiente hacia el mar tibio de su propios fluidos que lo abrazaban, que lo esperaban “Marcó” pensó y se sintió orgulloso “El tiempo. Que lento es” pensó y revivió una noche de su lejano Julio caluroso y unos delgados y suaves brazos de mujer en su cuello. Marco seguía caminando hacia él envuelto por unos humos ya descoloridos, por sonidos incesantes y caóticos que ahora copaban el espacio mismo “el tiempo no se mueve, el tiempo es un engaño” pensó y hubiera querido seguir pero Marco había llegado y ahora se agachaba frente a él con la misma mirada con la que lo había conocido, una mirada plena de tristeza y odio, y estiraba su mano para cerrarle los ojos.

martes, 5 de octubre de 2010

In uterus

Sucedió cuando viajaba por las tierras de las mujeres con los ojos de sol.
Es una región amarilla. Árida y seca. De caminos desiertos. El sol brilla constantemente; Es probable que quienes viven en aquellas regiones jamás hayan visto una nube, es probable que ni siquiera tengan una palabra que las designe.
Asumo que allí tampoco existen otras palabras: Frondoso, Escalofríos, Ciudades...
Durante los dos años que me pasé errando a través de aquellas tierras apenas si ví vestigios de civilización en caserios derruidos que se acurrucuban cerca de las cada vez más escasas napas de agua.
Dicen que las mujeres de aquel inhóspito país tienen ojos de serpiente. Que, como la medusa del mito, sus miradas tienen tal poder que dejan congelado a quién las observa fijamente.
Y vaya si hay que tener poder para dejar congelado a alguien en un infierno como ése.

Pero no es fácil encontrarse con una mujer en aquellos lugares. En el tiempo que pasé allí sólo ví dos.
Recuerdo el nombre del pueblo y el nombre de la posada dónde las conocí: La Posada de los pájaros voladores. Recuerdo que era martes, que la luz del día brillaba demasiado para ser un martes y que había entrado en aquella posada con la garganta llena de polvo. Recuerdo que ordené la jarra más grande de cerveza Ocre y que en cambio me trajeron cerveza Plata. Recuerdo que no protesté, que me bebí la mitad en el primer trago y supo a gloria.
Por supuesto las recuerdo a ellas: sus rostros agrietados por el viento, sus cabellos duros como pastizales. Recuerdo sus cuerpos antes y después de las túnicas. Recuerdo, más que nada, sus ojos. Sus ojos centelleantes de aquel color indefinido. Lo que nunca he podido traer del fondo de mi memoria son sus nombres. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que en verdad jamás los supe.
Las ví después de un largo rato sentado, una vez que mi sed y mi hambre se habían aplacado. Además de ellas habían dos viejos jugando a las cartas (Me pareció que jugaban al Enano Tuerto o quizás al Andariego) y un borracho durmiendo sobre sí mismo, roncando silábicamente, soñando felicidades lejanas. Nadie miraba a nadie, excepto ellas que, ahora lo notaba, me observaban en silencio.
Llevaban túnicas en varios tonos de verde con algún detalle en dorado o en naranja. Estaban tan cerca una de la otra que parecían ser una misma. Ví que una era mucho mayor, que seguramente eran madre e hija dejando pasar los días uno detrás de otro, esperando al marido, al padre que fue a aquella guerra (quizás a las guerras del cuerno rojo, quizás a las más antigüas guerras contra los hombres mudos) y que jamás volvería.
Primero me incomodó el hecho de que me miraran sin disimularlo, pero con el paso de los minutos la incomodidad se transformó en placidez y yo también comencé a mirarlas: observé los exquisitos detalles de sus túnicas, la armonía de todos sus tonos de verde, la forma en que cada color jugaba con las luces y con las sombras...
Lo que no podía alcanzar eran sus ojos, yo había escuchado las leyendas sobre las mujeres y sus ojos mágicos, pero a esa distancia sólo veía puntos indescifrables. Decidí que mi deber era ir a presentar mis respetos, ofrecerme para cualquier cosa que dos mujeres desvalidas pudieran necesitar en una tierra tan inhóspita. No importaba para qué; Solo necesitaba acercarme.
Sin embargo no pude moverme, por un instante cruzó a través de alguna de mis capas de conciencia la certeza de que había sido hechizado por ellas. Pero fue un instante y no me importó, aquel estado de placidez borraba todas mis necesidades, mis sufrimientos, mis deberes. Fue maravilloso sentirse un muñeco de arcilla en sus manos...
No sabría decir cuanto tiempo pasó hasta que la más pequeña se levantó para acercarse. Recién allí noté el humo que se elevaba desde el tabaco que en algún momento yo debía de haber encendido. Cuando aquella joven se detuvo delante mío pude por fin perderme en sus ojos amarillos. Creo que le sonreí pero no estoy seguro. Quizás yo sólo sonriera por dentro. Seguimos así un rato hasta que ella, sin pronunciar palabra, me toco la punta de la nariz con cada uno de sus dedos. Luego se los chupo y uno por uno los fue pasando por mis labios como si los pintara. Su saliva olía a curry. Sus dedos eran ásperos. Su boca, al contrario, se veía suave como la seda.
Siempre en silencio tomó mi mano y repitió el rito:Uno por uno, llevó mis dedos a mi boca, luego a la suya. Una vez finalizado esto regresó corriendo a dónde su madre la esperaba, ella le acarició la cabeza y luego le susurró algo al oído. La joven (debería tener como mucho quince años) la escuchaba con la cabeza baja y asentía constantemente.
Yo seguía sin entender nada y poco a poco comenzaba a darme cuenta que lo mejor sería que me fuera de allí lo más pronto posible. Pero mi curosidad (o su hechizo) era más fuerte. Le dí una onda calada al tabaco que seguía en mi mano y el picor en la garganta me causó un extraño placer. Creí que los viejos que jugaban en la otra mesa me observaban, los dos con medias sonrisas, los dos con las cartas en la mano. Algo como una descarga eléctrica me recorrió al darme cuenta de que ambos estaban ciegos.
Tres parpadeos después, ella estaba de vuelta, cosa que me alegró pues había comenzado a hechar de menos el intrincado dibujo que los verdes, los marrones y los ámbares formaban en torno a sus pupilas.
El ritual se reinició. Tomó el tabaco que yo (aún) sostenía y dejó caer la ceniza sobre la palma de su mano. Luego la deshizo formando círculos con su dedo corazón para, acto seguido, impregnar su índice con aquella misma ceniza. Todo daba vueltas, yo sentía que de mi cuerpo partían redes de luz hacia cada dirección posible comunicándome con cada ríncón, con cada ser (ya fuera hombre, animal, planta u espíritu) del universo.
En aquel momento su mirada se dirigió hacia su propio cuerpo (hacíendo que mi vista la siguiera, pues mis ojos iban hacia dónde fueran los de ella), hacia su pie izquierdo que, sutil, asomaba debajo de su túnica. Sus uñas, pintadas de un azul violento; Pequeñas argollitas en sus dedos.
Ni siquiera tuve tiempo de detenerme a contemplarlo, pues ella descubrió el resto de su pierna. Grácil y de un color bronce brillante: La perfección de la juventud.
Mi cabeza me advertía a los gritos del peligro. Por un momento pude despegar mis ojos de aquel espectáculo para observar a mi alrededor. Nadie se movía. Cada uno seguía en lo suyo. El encargado del local lavaba cacharros. Los viejos jugaban. El borracho dormía...
Volví a mi paraiso para ver como la joven trazaba una línea con la ceniza en su pierna. Una línea que comenzaba cerca de su rodilla y subía por la suave cara interna de su muslo para finalizar en aquel otro pequeño paraiso...
Entonces, un susurro en mi oreja:

-Te está cortejando – dijo la voz aterciopelada – te está reclamando como suyo. Y seria una gran deshonra para ella que tu no aceptarás el llamado.
Adiviné que era la otra mujer quién hablaba a mi espalda, quise confirmarlo pero mi cuerpo no me obedecía; Yo solo tenía ojos para aquel angel endemoniado que en ese preciso instante apoyaba su pie en mi rodilla.
El contacto fue brutal. Experimenté como mi corazón se detenía para luego comenzar a bombear con más fuerza toda la sangre posible hacia aquel rincón de mi cuerpo tanto tiempo olvidado.Tomé su pie entre mis manos y lo besé con pasión; Lo que en verdad deseaba era devorarlo.

-Ella quiere calmar tu hambre, viajero. Sólo tienes que acompañarnos – escuché de nuevo la voz de nuestra sabia madre. Yo estaba seguro que nada de lo que ellas hicieran me dañaria.
Nos dirigimos a unas escaleras que parecían ser de piedra. Las escaleras bajaban hacia una oscuridad completa y calurosa. Había un olor extraño que no pude identificar pero que nunca olvidaré. La joven me llevaba de la mano. La mayor apoyaba las suyas en mis hombros.
Durante ese breve lapso de oscuridad, liberado del embrujo de sus miradas, volví a desconfiar de aquellas brujas. Pero entendí que no podía echarme atrás. Deseaba a aquella muchacha y estaba dispuesto a lo que fuera por poseerla.
No tardamos mucho en llegar a un pequeña caverna iluminada con lámparas que parecían hechas con la piel de algun tipo de reptil. Creí escuchar el sonido de alguna corriente subterranea y pregunté algo al respecto pero nadie respondió. La madre, en cambio, me explicó para que me habían traído:

-Llevo tiempo esperando que alguien pueda librar a mi hija de este infierno. Necesito que desvirgues a mi hija, viajero. Para que ella pueda marcharse.

Mil cuestionamientos acudieron a mi mente, pero... ¿Es que tenía algún sentido preguntar algo a esa altura? No sabía qué hacer, qué decir, qué pensar...Madre e hija me miraban calladas, esperando mi respuesta supongo. Las palabras no acudían a mi boca, ahora mismo me cuesta encontrarlas...

- Que tengo que hacer – fue lo único que pude responder.
No me contestaron. La joven me llevó hacia una especie de lecho de paja. Hizo que me acostara y comenzó quitarme las ropas. Yo temblaba al mínimo roce de sus manos. A veces la madre le dirigía frases en su idioma y ella respondía asintiendo con la cabeza. Una vez que terminó conmigo, comenzó a desvestirse ella. Como suponía, iba desnuda bajo la túnica verde; No tardó nada en sentarse encima mio.
Forcejeamos un poco pero no hubo caso: Ella estaba rígida como una piedra y yo, idiotizado por lo onírico de la situación.
Comenzaba a desesperarme cuando nuestra gentil madre intervino para bien. Con un gesto casi imperceptible hizo que la joven se hiciera a un lado. Luego fue enseñandole, sobre mi cuerpo, las formas de satisfacer a un hombre. Cogió mi miembro y con mano firme fue primero acariciándolo, luego agitándolo y finalmente chupándolo. Una vez que lo consideró suficiente saltó sobre mí y con un rápido gesto acomodó sus partes sobre mis partes sin siquiera quitarse la túnica. Allí comenzó a hablarle nuevamente a su hija en aquel extraño idioma. Supuse que le explicaba como moverse, no siempre hacia arriba y hacia abajo, sino también hacia adelante y hacia atrás, hacia la derecha en círculos, en semicírculos, horizontal y verticalmente, acelerando y pausando en los momentos adecuados, a mover lo de afuera y lo de adentro de maneras diferentes, a reconocer cuando el hombre está a punto de dejar de ser útil, a esperar para que se recupere o a hacer que no se recupere si es preciso.
En ningún momento mostró la más mínima señal de estar disfrutando. Yo no era sino un instrumento, una herramienta de aprendizaje...
Una vez que terminó de explicar fue nuevamente el turno de la jovencita. Esta vez sí que pudo, con la colaboración de su madre, hacerme entrar dentro suyo. Ella si que sentía, gozaba, sufría de aquel dolor primigenio. Pero no dominaba la técnica y a los pocos segundos me derramaba en un orgasmo de casi cuatro años.
Pero ellas aún no habían terminado. Pacientemente esperaron a que estuviera listo de nuevo y todo volvió a empezar. Ahora fue la hija quién perfeccionó la destreza de sus manos y de sus labios en mi cuerpo.
Y otra vez: Arriba mío, dentro suyo. Ahora la madre le enseñaba cómo retrasar la partida del varón colocando un dedo en un lugar que, por pudor, no nombraré, un lugar sagrado para todo hombre. Creo que a esa altura ya las odiaba.

¿Alguna vez tuvieron la experiencia de ser enterrados vivos? Así fue como me sentí durante los días en los que me mantuvieron con ellas. No podría afirmar con certeza cuantas lunas pasaron durante mi cautiverio. Ni siquiera podía pensar en escapar pues mi voluntad me había abandonado.
Ellas se ocupaban de todo, me alimentaban y me aseaban a diario para que por las noches (o lo que yo asumía eran las noches) la madre pudiera enseñar a la hija las técnicas del amor sobre mi cuerpo. De todo aquello, lo que más me hacía sufrir era su completo desinterés por mis sensaciones. Nunca les importó si algo me dolía o me gustaba, si me causaba tedio o placer. No hay nada peor que tener sexo sin disfrutarlo. No tuve más orgasmos que el de la primera noche. Nuestra madre (maldita vieja arpía) sabía exactamente qué hacer para evitar que los tuviera...

Cuando finalmente me dejaron ir, lloré e imploré que no me abandonaran. No me imaginaba cómo haría para volver a caminar por el mundo exterior, cómo podría arreglármelas para tomar cualquier decisión, por mínima que fuera, cómo viviría sin la belleza de aquellos ojos de sol.

jueves, 4 de febrero de 2010

canto

La lluvia. Siempre ahí detrás. Y arriba, y debajo también. Abrazando con su canto interminable.
Así es que no necesitamos trikitixas, chistus o guitarras. Incesante, nuestra música viene del cielo”

Unai encuentra descanso en divagar antes de cada controversia.
Dejar a su mente expandirse, vagar. Quizás imagen encontrar alguna para luego usar en algún bertso.
Flotando, sus ojos recorren la taberna furiosa que, a esas horas, ya muy entrada la noche, se siente cómo la caverna más hermosa. Todo huele a tabaco y a hombre. A no más de cuatro pasos, su rival observa, juega con el vino de su copa.
Se miran y sonríen. Siran y monríen. Ambos están borrachos como cubas.

No habrá más de veinte personas en la tasca. Hablan todos al mismo tiempo. Algunos afirman que Unai ganará, que tiene más experiencia. Otros, un poco más medidos, se la juegan por el Txiki Xabier: Es joven sí, pero con un gran talento.
Piensa Unai: ¿Importa ganar o perder aquí?
No. Importa construir. Hacer del diálogo, florecer bellos bertsos.
Piensa Xabier: ¿Importa ganar o perder?
Sí. Demostrar mi valía. Hacerlos escuchar mi calidad de Bertsolari. Ganarme una reputación. Y que mejor que haber derrotado al gran Unai Elorriaga.

Ensimismados, solo ellos dos, cuando acallan los murmullos. Se bajan los vasos. Se para la oreja.
Y el silencio se hace.
Aunque bueno, está la lluvia, que en Euskadi equivale al silencio.
Se ha decidido de la controversia el tema:

Un hombre observa en soledad los acantilados. Se le presentan Dios y El Diablo. Cada uno
quiere atraerlo para sus huestes”

Están, parece, los que eligen tema también borrachos...
Al instante se sortea, quién es Dios y quién Diablo. Todo lo decide la moneda.
Que surca el aire. Cae. Muestra sólo una de sus múltiples caras.
Unai gana.
Elige al Diablo, claro. Los artistas se sienten más cómodos en ese lado.

Hay unos pocos segundos para que cada Bertsolari prepare su improvisación.
Así que Unai vuela hacia...
Acantilados. Mar. Agua. Dios. Diablo. Caída.
La caída de Lucifer.
Por desobedecer.
Dios quiere súbditos. Ovejas. Caerán por. Obedecer mansamente.
¿Revolución? Todavía no. Empezar. Ganar la simpatía del hombre.

Hastear
El canto de Unai se eleva. Su voz es clara en la noche. La lluvia acompaña.

“Es buen día, amigo, qué miras preocupado?
Acaso el mar te atemoriza?
Acaso la altura del acantilado?
Necesitas ayuda de un amigo
que sabe temer porque ha caído?
Por no seguir el buen camino,
y con buenas razones, haberse descarriado.”

Silencio de nuevo. Su rival ha escuchado y entiende que el diablo sabe más por viejo. Que será muy difícil derrotarlo. Se lo habían dicho allá en la Pulpería del Gringo Morrison: “El Cóndor Rojas es un bicho de cuidado. No dejes que agarre confianza porque te pinta la cara”
Y sí, el Cóndor llevaba años en eso.
Es un payador de la vieja guardia. Y no se iba a amilanar ante Él. Un mocito que “podía ser su hijo” había dicho cuando lo vió llegar.
Tiene que retrucarle con ganas. Estar a su altura.
Recién salido del cascarón” había rimado. “A ver si los tiene bien puestos” había cantado. Recién, reciencito nomás...

El joven Juan Salvador Lezcano toma aire. El Cóndor lo mira cómo desde arriba, dispuesto a comérselo si lo deja. Pero él no es un cordero manso.
Rasga la guitarra con las yemas.
Yemas. Huevos. De nuevo huevos” piensa y sonríe (tibiamente, para sus adentros).
La cabeza gacha y el piso de tierra.
¿Que tiene escrita la letra en el piso, mocito?” grita un gracioso.
La peonada ríe con ganas. No perdonan una estos hijunasgransiete.
El acorde sigue en el aire. No le queda otra que levantar la vista, pero sin mirar a nadie, ni siquiera al rival. Se enfoca en la ventana que da a la pampa, a la legua interminable, al océano seco del otro lado.
La tarde avanza. El sol está aflojando ya, seguramente, afuera correría una brisa agradable.
Huevos. Nuevo. Luego. Ruego” rima para sus adentros, busca la gracia de las musas.
Pero el tiempo se acaba. Si no se apura comenzarán los murmullos de desaprobación.
Así que empieza a tocar despacito, acomodando las últimas palabras de los nacientes versos. Y el ritmo monótono llama al silencio del contrapunto.

“Dicen con razón que soy nuevo
no voy a negar su canción

dice el cóndor que soy nuevo
no voy a callar su canción

una pequeña licencia les ruego
y lo pido con devoción
Espero su comprensión
para que puedan ver el vuelo
de este pequeño gorrión
que hace poco conoce el cielo
y que anda de flor en flor
buscando el motivo sincero
de la música, del amor
y del canto verdadero”



Acaba la rima y cruzan, esta vez, miradas. Nota el hombre la chispa en del joven los ojos. De la vida la chispa.
La repentización ha sido magnífica.
!Que delicia! ¡Qué envidia! Siempre creyó nunca la suya se extinguiría. Ahora la redescubre, pues
ya no la ve en lo que le devuelve el espejo: Los años...los años...
Canta bien el chaval” Es inevitable pensarlo. Pero no busca construir sino...La victoria.
Hambre de gloria. De triunfo de seo. Me la ha puesto difícil...Pero ninguna cuesta imposible de remontar es.
¿Contraatacamos?
¿O lanzamos otro cable a ver si esta vez lo coge?
Se toma una licencia Unai, para beber un poco del nuevo vino con que alguien ha rellenado su copa.
Peleón este Rioja, joder. Peleón el chavalote también. Nadie querrá ir al infierno que ha descrito. A ver cómo nos libramos de esta. Libre. Ser libre. No cordero manso. Elegir libertad o sumisión al señor de los cielos. Suelos. Celos. Velos. Rostro. Descubrir”

Pasó el ámbar carmesí hacia sus entrañas. Ahora es el paso al frente. El vino renueva y aplaca. Ahora, su turno: Lucifer al habla.
No diga que no le favorece esa noche y ese ambiente macabro.
No diga que no se siente cómodo en esas catacumbas, su mejor escenario.
Divague Unai, divague. Con infiernos que arden, con agua que clama.

“No temas amigo al infierno
que la triste paloma revela
no existe el castigo eterno
ni es mi casa una condena
con el cielo no hay diferencias
son dos caras de la misma moneda”


Bien...Pero...
No ha terminado de convencerlo éste último. Se ha quedado a mitad de camino. Lo sabe Unai que baja la vista. Lo sabe Lezcano que se crece. - Ahora te bajo de un hondazo, Rojas - piensa,aunque al segundo se contiene - No hay que confiarse... Se cuentan muchas cosas del Cóndor...Que ha vuelto de las peores. Que nunca hay que darlo por muerto. Además, el error no fue tan grave, la sangre no llegó al río-
Pero sin duda le dejó la puerta abierta para un ataque. Olvido. Memoria. Historia.
Hay juego para aprovechar. Jugo para sacar.
El que mira la tierra ahora es Rojas. Está contraído, destilando odio. Una laguna la tiene cualquiera, pero “¡una laguna justo en ese momento, carajo!!”
Que haya lío era de esperar. Uno de los paisanos de la Finca Grande sale con una gracia. Está bastante mamao y se mete con el olvido del Cóndor. Y en este momento Rojitas no está para bromas;En un suspiro se le planta en frente con el facón en la mano.
El paisanito, que se reía, se queda mudo, pero sobre todo se queda blanco.
Y es curioso y gracioso a la vez. Están cara a cara:
Rojas,colorao de bronca;
El paisano, pálido de miedo.
Si lo pincha se acaba todo... Pero no. El Cóndor se conforma con un chirlo bien puesto. Y Lautaro Cano, que así se llama el paisano, siente el cachetazo cómo una bendición divina. “Tal vez es Dios quién guía aquella mano”.
Le voy a enseñar a tener la boca cerrada, canejo” masculla el viejo cuando vuelve a sentarse.
A Juan Salvador, la interrupción lo ha jodido lindo, le ha vaciao el marote. ¿Qué estaba pensando? Atacar el olvido del viejo. La memoria que se va con los años. Un cóndor no es un elefante...
Y se lanzan una vez más sus zarpas a rasgar los tentáculos del tiempo.
Se tensa la cuerda grave en suave resonancia.
El polvo de la tierra flota, no terminó de asentarse aún. El rayo de una luz postrera traspasa sus finas hebras en prisma de sol.
¡A cantar Salvador!
Un Cóndor no es elefante, no

“Le respondo mi amigo Rojas
a su olvido prematuro

dejeme contestarle Rojas
a su olvido prematuro

No se tome con apuro
los versos de este cachorro
aunque sea usted listo zorro
con firmeza le aseguro
que tengo el animo duro
a usted la cabeza le afloja
yo no sé si sera la edad
o que perdió la sobriedad
con tinto de La Rioja.”


Las ocurrencias del mocito hacen reír con ganas a todo el rancho. “Y no es sólo que saque lindas rimas sino que también tiene arte este Txaparroa...” es lo que deben estar pensando en la taberna todos.
No me den por muerto aún, que de peores he salido. Aunque esta vez...No lo sé, le he dejado demasiada rienda y ni el diablo, ni el diablo esta vez...”ve difícil Unai la controversia, aunque se debe en gran parte eso a que medio ciego (por la noche, por el vino) va.
Pero no es excusa, el Txiki, su rival, más borracho que él, mucho más. Los pocos que aún quedan lúcidos intentan comprender: ¿Cómo hace para sacar esos versos? ¿Cómo hace para mantenerse en pie? Los demás tugurian: Cantan sin entonar, discuten sin enfocar, arguyen sin pensar, gritan sin escuchar y a casi nadie le interesa que es de Unai turno de recitar.
A él, todavía menos...Está cómodo en su propio más allá. “Así será un infierno cuando es encantador ¿Verdad? ¿Si la taberna bebiera? De agua de lluvia borracha va. Itsuturik egon. A potar hombre! A potar hombres fuera todos al charco del agua del canto de la lluvia de la noche del silencio de sangre. Puaj!”

- Que voy a cantar! Silencio! Isilik!! Ixo! - Reclama su lugar y la marea de voces va bajando al tiempo que el arrullo de la lluvia se escora lánguido alrededor. “Cómo agua ha caído el señor del infierno y casi vencido va. Dejémosle, al pobre diablo, la última oportunidad”


“Compañeros en la soledad
Aparta de mí ese mal!
Gritamos en vano a la divinidad
fácil hablar de pureza, fácil hablar de bondad
no entiendes, nuestro Señor, la humanidad
que está perdida y yo la encuentro,
y con artes de pobre diablo la intento aliviar”

“A esta altura de la noche, ya nadie está en condiciones de valorar cómo se debe tal maestría en el canto” es lo que no piensa nadie, ni siquiera Unai que ha ido a buscar la poesía allí dónde nadie la encuentra. Pero aún pudiendo encontrar palabras, no puede encontrarse a sí mismo. Acabó por esta noche esto. Xabi está aún peor pero nadie duda que Lezcano puede contestar con altura a las últimas décimas del Cóndor, no después de lo que demostró esta tarde. Pero el joven Juan Salvador no piensa en versos,ya no rima con plumas sino con espadas...Ni él ni su china se merecían esas palabras del viejo hijoputa este que se vé que se quedó calentito con la reciente gracia del paisano Lautaro Cano y que está caliente porque sabe que lleva las de perder con él. Por eso es que comenzó con los golpes bajos el Cóndor. “Un bicho de cuidado” le habían dicho, pero no, el no es corderito manso no y entonces, o se la come y sigue cantando o se le para y se arma el quilombo. Sabe que Rojas está esperando lo segundo y que todos ahí creen que por ser más joven se va a quedar en el molde. Pero el no es un cordero aunque si que pesa este chaval piensa Unai mientras arrastra como puede al Txiki al patio para que vomite. ¡Te me has pasao de copas chaparro! Le dice y el otro ni siquiera levanta la cabeza, el aire de la lluvia se siente fresco fuera y el sol ya está en el horizonte, teñido de rojo cómo pronto se teñirá la tierra. Lezcano siente el cuchillo en descanso contra su cuerpo, Rojas desde hace rato que lo tiene en la mano. Se enrosca el poncho en la zurda y saca a respirar el facón. El Cóndor juguetea con el suyo. “A mi no me hacen falta ponchos ni mariconadas” dice “enanos como este me fileteo todos los días” y claro siempre están los chupamedias hueleculos que se ríen de todo lo que dice.
No hay demasiado ritual, ahora a acuchillarse y a ver quien tiene suerte hoy.
Está enojado Rojas, eso quizás lo favorezca, ahí viene, con todo, otra más “Vamos, Xabi” dice Unai mientras le palmea suavemente la espalda al chico que no termina de lanzar toda la mierda que tiene dentro, la lluvia que parecía haber parado ha vuelto a atacar con más ganas la segunda vez, esta le pasó cerca, “es rápido el viejo y mierda este” piensa Juan Salvador que sabe que en el próximo cruce tendrá su chance. El Cóndor ataca siempre de costado, confía demasiado en su velocidad pero no tiene técnica, pelea cómo canta y la verdad que tiene futuro este chaval, si no se pierde en el alcohol y si es constante. Tiene futuro, lo veo algún día ganando la Txapela, vamos, una más y nos vamos. Que todavía tengo que llegar a casa...El joven lanza las últimas arcadas, puro bilis, pura baba goteando en la tierra que recibe el agua, la bilis, el vómito y la sangre que comienza a gotear despacio de las tripas del Cóndor. Salvador recibió el puntazo en el brazo, nada grave, pero el Cóndor no va a volar más...Siguen pegados los dos, Lezcano sabe que tiene que esperar que deje de luchar porque este lo va a querer clavar hasta último momento, dejar que se ponga blando, que las fuerzas le abandonen ahora Xabier ya camina con un poco más de fuerza, vomitar siempre hace bien y Unai piensa que después de todo sí que construyeron algo, algo que quedó a medias...Aunque...Quién decide cuando algo está a medias y cuando está completo? Las controversias siempre se hacen de a dos empieza a divagar Unai nuevamente y el arte, el arte también siempre se hace de a dos, siempre hay una constante lucha que a veces se gana y a veces se pierde pensara Rojas que ganó muchas pero en esta le tocó perder “Hijo de mil puta” le dice con las últimas fuerzas a Lezcano que no suelta el mango metido en el estómago de su rival todavía; Y sí,en este oficio hay que tener arte y hay que tener huevos piensa Lezcano que hoy ganó pero que quizás otro día no tenga tanta suerte.


castellon, españa, fines de 2009, comienzos de 2010

jueves, 21 de enero de 2010

pequeña comedia del arte

Lo que sabía sobre Pantaleón


A Joaquim Pantaleón lo conocí cuando comencé la carrera de Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de Córdoba.
Habíamos ingresado en el mismo año y durante esos primeros tiempos nos cruzábamos muy de vez en cuando:Formábamos parte del mismo microcosmos, es decir, frecuentábamos los mismos antros, compartíamos amigos o al menos, teníamos conocidos en común. Creo que incluso llegamos a estar en algunos grupos de estudio juntos.
En un principio no me pareció ni mejor ni peor que otros chicos de la carrera. Simplemente estaba allí: Alto, regordete y sonrosado, jugando constantemente con el brillante reloj de su muñeca, mirando siempre hacia los demás desde su pedestal...
En Letras se dice que segundo año es el colador y fue inevitable que a partir de tercero comenzara a compartir más tiempo cerca de él. Fue entonces cuando comencé a odiarlo.

Pero la dinámica de la universidad te obliga a relacionarte con personas con las que sabes que no tienes cosas en común. Y esa era mi relación con Joaquim. Me reventaban su pedantería, su soberbia frente a los demás. No tengo otra forma de describirlo que la siguiente: Se creía el rey del mundo.
Esta claro que no sólo había algo, sino mucho, de resentimiento en mi odio hacia él. El era rico, yo pobre. El vivía en un lujoso departamento cerca de la facultad y yo en una habitación roñosa a cuarenta minutos de autobús. El era amigo de todos, hablador, extrovertido y simpático. Yo un miserable flacucho narigón de escasa gracia. Y ni hablar de mujeres. Siempre aparecía con alguna nueva novia de arquitectura o de económicas que conocía en las fiestas de estudiantes, mientras yo me pajeaba en soledad y en silencio, aguantando la respiración para que no me escucharan los de la habitación de al lado.


En clase, le encantaba hacer gala de sus dotes de escritor. Intentaba por todos los medios que los profesores lo hicieran leer sus composiciones.
Constantemente hablaba de sus futuros libros: Hoy proclamaba que había escrito un nuevo cuento policial y se comparaba con Chesterton. Mañana traía un relato de terror, según él, al mas puro estilo Poe.
Y todos leíamos las fotocopias de sus cuentos. Algunos por curiosidad, otros porque, realmente creían que escribía bien. Y Otros como yo, para criticarlo con dureza y en secreto.
Y no. No escribía nada bien. Sus letras eran un perfecto reflejo de él: Grandilocuentes y absurdas. Intentaba trazar emociones humanas con palabras rebuscadas, buscaba dilucidar grandes misterios del universo a golpe de comparaciones forzadas. Cada frase era pretenciosa. Cada línea, vana y superficial.
A veces hablaba de sus expectativas literarias “He querido ser escritor desde que tengo uso de razón” contaba “No sé que haré cuando publique mi primer libro. Espero poder aguantar la emoción...” decía, creyendo ser uno de esos seres tremendamente sensibles, seres que no pueden llevar sobre sus hombros el peso de la crueldad de la vida...
Ya me había resignado a soportar pasivamente su presencia durante el resto de la carrera cuando, al promediar cuarto año, desapareció. Chicos un poco más cercanos a él comentaron que había tenido un problema familiar.
Voy a admitir que, en un acto despreciable, me alegré que nos dejara.
Pensé,ridículamente, “Karma”


Mi vida no mejoró con su partida. Los años siguieron su curso y cuando terminé la carrera, pensé en tomarme un tiempito para mi novela. Conseguí un trabajito de medio día y dediqué el otro medio a escribir.
Durante dos años luché; Luché con todas mis fuerzas contra las páginas en blanco. Yo sabía que tenía algo dentro. Creía que podía escribir algo fantástico... Pero aquello no venía. El pájaro maravilloso que yo esperaba... Las musas, le dicen algunos. La genialidad, otros.
Todo se iba por las cañerías cuando apareció una oportunidad: Cómo profesor de secundaria a jornada completa. No lo dudé. Supuse que mi gran novela seguiría allí, aguardando mi regreso; Podría retomarla una vez que me habituara a mis nuevos horarios...


Llevaba cinco años trabajando cómo profesor cuando leí sobre Joaquim en un suplemento de cultura. Todo un artículo dedicado a su primer libro. Lo catalogaban de joven promesa. Describían su prosa como “savia fresca”. El cronista auguraba un futuro brillante a este nuevo autor.
La novela se llamaba “Puentes sobre aguas turbulentas”. No sé si hace falta aclarar que salí disparado a comprarlo. Cerca de casa había una pequeña librería y no lo tenían, pero sabían de qué libro estaba hablando, ya habían preguntado un par de veces por el. Me dijeron que lo habían encargado para la próxima semana y, si deseaba, podía reservar uno.
Yo no podía esperar tanto. Esa misma tarde bajé a una de las librerías del centro. El libro no estaba en escaparate, pero supe que pronto lo estaría.
La contratapa rezaba “Un puente sobre aguas turbulentas es un canto de esperanza y de optimismo, una reflexión acerca del destino de la raza humana. Una obra que nos enseña que la redención está al alcance de cualquiera”
Lo leí en una tarde. Siendo amable puedo decir que el libro era una mierda, una copia mediocre de cualquiera de Coelho o de Bach. No demasiado diferente a sus escritos de nuestros tiempos en la UNC.
No pasó mucho tiempo hasta que entró en la lista de más vendidos.


Su éxito no me afectó tanto como esperaba, es más, tuvo un efecto opuesto: Durante unos meses el éxito de algo que yo consideraba tan mediocre hizo renacer mi pasión por escribir. Hacía tiempo que había dejado mi prospecto de novela y pensé que era un buen momento para retomarla. Pero mi ave seguía fugitiva...Y cada vez costaba más encender mi esperanza.
Fue durante aquella época cuando leí por primera vez algo de Arlequín. El libro se llamaba “Remolinos” y al terminar de leerlo debí aferrarme con fuerza a la silla (o sillón) dónde estaba sentado. Lo hice porque estaba convencido que, de no hacerlo, saldría volando hacia la estratósfera (o estratésfera según Arlequín). Pero ya llegaremos a ello...


Joaquim siguió publicando a razón de un libro cada dos años aproximadamente. Su segundo libro se llamó “Por debajo del océano inmóvil” y el tercero “Navegando a través de la tormenta”.
Yo compraba religiosamente cada libro que publicaba. No había perdido aquella vieja costumbre de destrozarlo con mis criticas, aunque sólo fuera ante mí mismo.
Me resigné a ver cómo la masa endiosaba, una vez más, la innegable mediocridad. No sería ni la primera ni la última vez que esto sucedería.
Lo más gracioso de todo es que, de alguna manera, yo era uno de sus más fieles seguidores. Cada vez que veía una nota sobre él en algún periódico. Cada vez que le hacían una entrevista en la televisión. Allí estaba yo, del otro lado. Supe que había tenido ciertos escarseos con una conocida actriz en Buzios. Que había sido invitado a tal ponencia sobre literatura en el DF o en Madrid. También me enteré que había fundado un taller para autores que quisieran pulir su arte.


Pasaron años y años y finalmente le dieron una cátedra en una muy prestigiosa Universidad, además del título que no pudo conseguir. Siguió sacando libros con frecuencia, todos del mismo tenor. Alguna vez lo acusaron de plagio y yo pensé que probablemente haya sido cierto. También se rumoreaba que los alumnos de sus talleres escribían para él pero nunca se probó. Supuse que eso, seguramente también era cierto.
Yo seguí con mis clases en escuelas secundarias. No tenía de qué quejarme. Me había casado, tenía dos hijas preciosas, un trabajo estable y una casa aceptable. También una botella de whisky para cuando quería olvidar y relajarme leyendo algo de la respetable biblioteca que había edificado en mi pequeña sala. Biblioteca dónde destacaban dos nombres: Joaquim Pantaleon y Arlequín.


Lo que no sabía sobre Arlequín

De Arlequim se podía saber poco y nada. Sus libros eran cofres sellados. No tenían nada a excepción de su contenido. Ni biografía, ni contratapa, ni información sobre la editorial. Obviamente tampoco había fotos. La única información externa al texto en sí era el año de publicación.
La primera novela suya que leí era del año 98, se llamaba “Remolinos” y cómo ya mencioné me dejó en un estado semicatatónico. ¿Es que era posible escribir así?
Me la había traído el padre de un alumno, horrorizado, creyendo que yo les había recomendado aquel “espantoso” libro. No me fui a la cama aquella noche hasta terminarlo. Con desesperación aguanté hasta volver a ver en clase al joven del libro. Avergonzado, me explicó que se lo habían dejado.
¿Quién?El amigo de un amigo. Hice una labor de investigador hasta que dí con la dueña del libro: La hermana de un amigo de un amigo del primer chico... Una chica rara, con pinta de gótica o algo por el estilo. Me dijo que había conseguido el libro en una manifestación estudiantil. Que lo estuvieron repartiendo un par de chicos quizás de una de esas agrupaciones marxistas o comunistas. Que seguramente en la facu de letras o de arte podía conseguir más copias.
Así que me dirigí a mi antigua facu. En el centro de estudiantes, alguien recordaba algo sobre aquellos libros. Sí que habían pedido permiso para repartirlos en la manifestación pero desde el centro no se había autorizado nada que no fuera propaganda del centro. Si habían repartido algo había sido por su propia cuenta.
Pensé que me encontraba en una calle sin salida cuando la del encargada recordó algo más. Al presentarse, el muchacho que había pedido el permiso le había dicho que trabajaba para una tienda de manuscritos antigüos de nombre “Verona” o “Venecia” o algo por el estilo.


Un comercio de esas características sólo podía estar en una de las perdidas galerías que quedaban más allá de la Colón. Dí varias vueltas por allí y no encontré ninguna Verona ni Venecia, pero sí una Bizancio.
Campanillas sonaron cuando entré. Un hombre mayor parecía esculpido detrás del mostrador. Me miró con desconfianza, reconociendo al instante que yo no era un coleccionista de antigüedades. Recién allí noté que la B de Bizancio formaba una suerte de antifaz. Eso no podía ser más que un pequeñísimo guiño. Un guiño hacia quién supiera entenderlo.
Fui directo al grano, le expliqué que buscaba información sobre un autor que se hacía llamar Arlequím. Que mis, por llamarlas de alguna manera, pesquisas me habían conducido a aquel lugar. Qué quería una copia de “Remolinos” y de cualquier otro libro que aquel autor hubiera publicado si era posible.
Me dijo que vendrían pocos” me contestó con una sonrisa “ pero que los que vendrían, vendrían con su expresión”
Le pregunté de que expresión estaba hablando.
De desesperación” contestó.


Pedro se llamaba el encargado. Tuvo que asegurarme dos o tres veces que no era Arlequím. Que ni siquiera lo conocía. Hacía dos o tres años lo había contactado por primera vez a través de su secretario para que actuara de distribuidor. Un muchacho robusto de cabellos claros. Era él quién le traía los libros y le indicaba las ocasiones en las que debía repartir algunos gratis. “Arlequin no debía darse a conocer, jamás. Si alguien preguntaba le podrás contar esto” dijo “ pero nada más”
Intenté sacarle más información, pero Pedro respetaba celosamente este acuerdo. “Los anticuarios poseemos un mercado muy acotado” me explicó “es difícil encontrar buenos clientes y cuando encontramos uno lo cuidamos como un tesoro. Pues bien, este señor Arlequin es mi mejor comprador. Y no es sólo por su poder adquisitivo, le aseguro que sabe valorar cada cosa que me compra. Un cliente como él es el sueño de cada vendedor de antigüedades. ¿Crees por un instante que voy a arriesgar todo eso con mi indiscreción?”
Comprendí que allí acababa mi investigación, pero no había sido en vano. Adquirí los tres primeros libros de Arlequín:“Barreras naturales” y “Silencio. Inmensidad” eran los dos primeros que había publicado. “Remolinos” era el tercero. También dejé mi número teléfonico para ser avisado cuando publicase su nueva novela, así era el procedimiento.
Me marché de allí con los libros en la mano. Feliz como un niño con un juguete nuevo.
***
Atribuí a una casualidad que, dos años más tarde, Pedro me llamara justo el día que en la televisión anunciaban el lanzamiento de la nueva obra de mi estimado Joaquim Pantaleón “La tierra es de los ángeles”
Aproveché el viaje al centro del día siguiente para adquirir ambos libros. Encontré a Pedro en su postura habitual. En la tienda, todo estaba exactamente cómo en mi anterior visita. Me sonrió al reconocerme “Buenas tardes, profesor” agregó.
El cuarto libro de Arlequim se llamaba “Desertores del Dios”. A esa altura me consideraba un conocedor de la obra de Arlequin y tenía ciertas expectativas que no fueron defraudadas en lo más mínimo. A medida que pasaban los libros creía ir entendiendo hacia dónde iba todo aquello. Cada libro a la vez que me hechizaba me alejaba. Sus obras me recordaban a la fascinación con la muerte. Eran terribles, inevitables.
Pero la revelación que tuve un par de días después me hizo darme cuenta de cuan equivocado había estado.
En realidad todo comenzó el día que compré los libros. Como un relámpago pasó por mi mente la idea de que ambos títulos se correspondían, se complementaban. “La tierra es de los ángeles, desertores del Dios”
Aquello no tenía sentido, así que dejé marcharse ese pensamiento cómo dejamos marchar miles de pensamientos e ideas que cruzan por nuestra mente cada día. Dos días después, no se de cómo ni por qué tuve otra ocurrencia que, a priori, no tenía sentido: Leer el libro de Joaquin y luego el de Arlequin.
Y allí estaba. Algo nuevo. Un tercer libro igual y diferente que surgía de las entrañas de la tierra o del mismo cielo o, aún mejor, del mismo infierno. Yo me había maravillado con Arlequin y ,sin saber por qué, había estado obsesionado con Pantaleón. Ahora se abrían mis ojos.
El efecto era genial. Nuevos sentidos aparecían ahora a mi vista. Cosas que no había terminado de entender en la lectura de Arlequin salían a la luz al contraponerlo con el libro de Joaquin. Y los libros de Pantaleón, que yo consideraba tan abyectos, mediocres y superficiales no eran sino un pedestal o una rémora que al situarlo junto a los libros de Arlequin, adquirían una nuevo brillo.
Corrí de nuevo, cómo aquella primera vez, hacía el resto de las obras de Arlequin y de Pantaleón. Comparé años de publicación y coincidían. Todas se complementaban.
“Un puente sobre aguas turbulentas” y“Barreras naturales” , “Por debajo del océano inmóvil” y “Silencio.Inmensidad” “Navegando a través de la tormenta” y “Remolinos”


Ese fin de semana me interné para leer la que creo es la obra más ambiciosa jamás escrita. Al terminar, maravillado,pensé en Joaquin y en su actitud de rey del mundo;Lo odié y lo idolatré sin poder determinar dónde empezaba una cosa y terminaba otra. Aquella era la obra total. Una obra que exigía una capacidad de exégesis casi imposible.
Pensé que podía llegar a suceder si nunca nadie se enteraba de esto. Entré en Pánico, existía la posibilidad de que yo fuera el único ser que conociera la verdadera naturaleza de su arte.
Imaginé razones por las que deseó mantener el secreto sobre lo que había hecho y no me costó demasiado. Hay miles.
Imaginé su mente, otro universo, más amplio y más perfecto que el nuestro.
Imaginé su muerte y todo aquello perdiéndose en la nada.
Imaginé mi muerte y temblé, entonces me apuré en dejar todo esto por escrito.
Sé que éste es mi legado:Dejar constancia del suyo...